“Estar en las nubes” o lo caro que sale lo gratuito.

Por Albert Perez Novell e   Ignacio Muro

Lo que decimos, las palabras que usamos, los sentimientos que expresamos, nuestros gustos en la moda, por donde y con quién nos movemos, con quién conversamos, cómo y qué conversamos, cómo, a qué y con quién jugamos, cómo vivimos, comemos, practicamos el sexo, etc…etc… TODO ESTÁ EN LA NUBE. Vivimos en un mundo aparentemente cloud, etéreo, presentado sin referencias, volatil, en definitiva como si fuera gaseoso. Todo está allí, disponible para ser monitorizado, no sólo nuestros datos, sino los de nuestros amigos, novi@s, enemigos, familia, el vecino del 3º 2ª, el carnicero, etc…todo dispuesto para ser reconvertido en mercancía.

Esta dependencia empieza a extender cierta sensación de inseguridad asociada  a la pérdida de privacidad. ¿Tiene una base real? Un examen de The Wall Street Journal reveló que entre las 100 aplicaciones más utilizadas en Facebook se encuentran las que buscan las direcciones de correo electrónico, la ubicación actual y orientación sexual. Esos detalles no solo recopilan datos de los usuarios sino tambien los de sus amigos. El popular servicio de llamadas en línea Skype, por ejemplo, pide fotos de Facebook y las fechas de nacimiento de sus usuarios y contactos.Skype asegura que solo busca la información para personalizar su servicio y promete proteger la privacidad de sus clientes.

La computavión en nube es presentada como la evolución del valor esencial de Internet que es su topología como red distribuida. En realidad, es todo lo contrario: es de alguna manera la vuelta a los antiguos sistemas centralizados capaz de aprovechar tecnologías nuevas y antiguas hasta construir un híbrido que hace más eficaces y prácticas las viejas técnicas.

La nube está aquí en la tierra, “en algún sitio”

Si “estar en las nubes” era sinónimo de estar abstraido o soñando, tambien era sinónimo de atolondrado, embobado, algo que descalifica automáticamente por ingenuo al que allí se halla. Ambas acepciones definen las circunstancias del ciudadano “en la nube”, el lugar donde nos venden servicios aparentemente gratuitos a precio desconocido, que puede ser muy alto.

Un sistema centralizado, pero ¿dónde se ubica? A menudo los usuarios ni siquiera saben que sus datos ya no se encuentran en su país. El hecho es que están en algún sitio, en unos servidores reales localizados en una instalación física y real de nuestra tierra, y no en ninguna nube. Es allí, donde nos diseccionan y pixelan, donde nos devoran y  venden como commodities del sistema de la comunicación global, un conjunto de perfiles imprescindibles para su funcionamiento gestionados a veces con la indiferencia que se gestiona cualquier otra materia prima. El apetito de “información sobre las personas” refleja una perversión de las reglas del juego que se instala como “verdad fundamental” de la economía de Internet que nos llega de la mano de Google, Facebook o Linkedin.

Las redes sociales ofrecen un servicio aparentemente gratuito por el que los usuarios pagan un precio muy alto, aunque oculto, proveyendo detalles sobre sus vidas, amistades, intereses y actividades. Facebook, Google y toda la cibertropa utilizan esta información para captar anunciantes, desarrolladores de aplicaciones y otras oportunidades de negocio. Progresamos pagando un precio desconocido, un coste social que no sabemos calibrar.

Facebook, por ejemplo, exige que las aplicaciones soliciten permiso antes de acceder a los detalles personales del usuario. Sin embargo, los amigos de un usuario no son notificados si su información es utilizada por la aplicación. El  estudio de The Wall Street Journal señala que la aplicación que solicitaba la mayor cantidad de detalles de las 100 analizadas, “MyPad for iPad“, tenía un párrafo de dos líneas sobre privacidad que decía que “pronto” incorporaría configuraciones de privacidad. Tambien informa que algunos juegos en red hacen preguntas como “¿tiene tu amigo un trasero bonito?”, y otros detalles personales, incluyendo preferencias sexuales de los usuarios y sus amigos que no parecen ser trascendentes para su funcionamiento. ¿Por qué las piden?

Muy sencillo. Esa clase de información que mezcla fotos con historial académico, nombres de amigos con detalles personales, es la joya de la corona de la economía de los datos personales. La industria de la publicidad personalizada, que crece exponencialmente en Internet, año tras año, se alimenta de esos datos  recopilados sobre el comportamiento de los cibernautas, a partir del cual las empresas crean sus anuncios y perfilan sus estrategías de venta.

Valores y precios… ¿a cambio de estar disponibles para ciberacosadores?

Facebook ingresó en 2011 unos 3.700 millones de dólares: unos 2.900 millones de euros al cambio actual. Un 85% de esa cifra pertenece a sus ingresos publicitarios y algunos analistas creen que tiene potencial para crecer. Si aceptamos el valor 100.000 millones de $,unos 74.350 millones de euros por el que ha salido a bolsa, y lo relacionamos con los 800 millones de usuarios en Facebook, obtenemos 93 € como valor de cada cuenta. Si incorporamos las correcciones posteriores a la baja de ese valor en bolsa, casi un 30%, obtenemos que el mercado cotiza  cada cuenta (compuesta por perfiles de titular y datos de amigos) a 65 €.

Ese valor da una idea de que los servicios aparentemente gratuitos que pueden girar en torno a nuestro perfil, tienen una rentabilidad (evidente) y un coste (oculto). Un ejemplo reciente de ciberindecencia, es el escándalo que se desató en EEUU, en torno a la aplicación para iPhone “Girls Around Me” (algo así como ‘Chicas a mi alrededor’). Usaba información disponible en Foursquare, una red social basada en la ubicación de sus usuarios, para permitir que hombres localizaran a mujeres en los alrededores en un mapa y pudieran ver sus datos personales y fotos de sus perfiles en Facebook.

El hecho es que los datos recopilados con un fin específico se acaban poniendo, por canales formales o informales, a disposición de  otras entidades, tanto públicas como privadas, que no eran las destinatarias originales. Aparecen nuevos fenómenos de conseciencias impredecibles que obligan a recuperar la función del anonimato como garantía ante el robo de identidad.

¿Podemos defendernos?

Para poder defenderse habría que saber, en primer lugar, con qué legislación cuento para defenderme. Y ahí vuelve a aparecer lo evidente: como el usuario no sabe en que país están ubicados los servidores no sabe qué leyes le amparan.  En la computación en nube la información privada de una persona está en el disco rígido de otra y, así, la protección de la privacidad depende de la jurisdicción en la que se encuentran esos discos.

Prácticamente todos los Estados incluyen en su constitución el derecho a la privacidad, ya sea de manera directa o en relación con otro derecho.  Esas disposiciones incluyen la inviolabilidad del domicilio y el secreto de la comunicación. En el modelo de computación en nube se vuelve difícil saber en quién se está depositando la confianza y de acuerdo a qué reglas se opera. El resultado es que la mayor parte de los usuarios no tiene idea de las condiciones en que se almacenan y acceden sus datos.

El otro camino que facilita la defensa del ciudadano es el desarrollo de acuerdos internacionales que aseguran la defensa del individuo ante los nuevos ataques contra su intimidad a veces amparados en la usuarpación o apropiación de su identidad digital. Pero tambien aquí el camino está plagado de trampas. La velocidad de los avances tecnologicos y de sus aplicaciones industrailes convierte en imposible  contraponer normas adecuaads a los nuevos retos. Aunque la UNESCO sigue propiciando mediante los Foros para la Gobernanza de Internet (FGI), el abordar alternativas para garantizar la privacidad y seguridad en los datos, sus declaraciones no suelen pasar de la retórica habitual. El sexto Foro celebrado en Nairobi (Kenya) en noviembre de 2011, intentó una vez más conciliar los intereses privados y las políticas públicas sin resultados concretos. En cambio, se reiteró la voluntad de la UNESCO de “promover la libertad de expresión y la protección de la privacidad en Internet, así como su compromiso de fomentar la creación de contenidos locales y las iniciativas educativas.”

Otros organismos internacionales como la OCDE siguen anclados en una fase que corresponde más a los inicios de las TIC años 60 y 70 que a la actual de computación en nube. Un dato más: el Convenio del Consejo de Europa para la protección de las personas contra el procesamiento automático de datos personales, data de 1981 y se muestra incapaz de poder prever la situación actual ni ofrecer alternativas factibles.

El resultado es que, una vez más, la sociedad civil se atrasa respecto al poder de influencia de los lobbies. Sabemos, eso sí, el tamaño de los riesgos que se corren. La opinión publica empieza a madurar respecto a la importancia de la protección de los datos en relación, no solo con la protección de los aspectos de la vida privada de las personas, sino con su propia libertad. La sociedad empieza a ser consciente que los intereses del mercado empiezan a debilitar las salvaguardias fundamentales de la privacidad y la libertad.

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Acerca de Albert Perez Novell

Experto en Redes de Valor. Marketing Comunicacional
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