El capitalismo gaseoso: más allá de la crisis, la sublimación.

La crisis está actuando como una lente de aumento que nos permite ver con claridad,  que la sensación de dominio de nuestro presente que hemos tenido hasta ahora, era una  fugaz y efímera capa de ficción.
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El presente es inasible para todos. Las seguridades de hoy se convierten en inseguridades a las pocas horas. Tenemos la sensación de vivir en un azar permanente, en el que no podemos anclar nuestras necesidades. La entropía del sistema, hasta ahora oculta, se  evidencia como la regla general.
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Algunas de las características de esta fase gaseosa son:
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  • La aceleración de los procesos sociales,
  • la ruptura (y casi imposibilidad) de las regulaciones,
  • y la asunción del riesgo como algo asumido, resultado de procesos incontrolados que se retroalimentan entre sí, con otros igualmente incontrolados.
Todo ello unido a una conciencia general sobre que el ideal de progreso (idea fuerte de la modernidad) cada vez se evidencia más como una quimera destructiva. El progreso se ha convertido en el rostro incierto del devenir; desechos industriales, polución, ecosistemas dañados, especies en extinción, son sus consecuencias. El subproducto por encima del producto. Hemos mitificado el progreso, concibiéndolo como generador de desarrollo cuantitativo, que nos llevaría a otro cualitativo, ahora entendemos que, en realidad, nos ha llevado a un cul-de-sac.
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Se podría argumentar que esta es, justamente, la idea del progreso que debe cambiar, pero difícilmente la transmutarémos en otra mientras su aplicación al desarrollo este en manos de los poderes de siempre y de una determinada visión del mundo y el devenir, que se nos presenta de forma que todos, absolutamente todos, somos o parecemos cómplices.
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Lo importante, por tanto, no es cambiar la idea de progreso, sino entenderla en toda su complejidad. Sin este paso previo corremos riesgos de caer de buena fe, y en pos del buen-progreso, en reduccionismos o regresiones altamente peligrosas o simplemente naïf.
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Los felices 2000
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Hemos vivido durante “la belle époque de los felices 2000”, un presente engordado artificialmente que hacía las veces de futuro, estábamos ciegos incluso hasta de lo claramente previsible.
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Durante el siglo pasado hemos vivido innumerables y atroces situaciones de crisis, dos de ellas liquidadas con dos horribles guerras. La situación actual deberíamos, por tanto, contemplarla con menos dramatismo, pues no parece que nos vayamos a enzarzar en guerras en Europa a pesar de que muchos conciben el embrión de el IV imperio germánico desde cualquier detalle sectario o prepotente.
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El capitali smo gaseosos, lo que pone en evidencia, es la consubstancialidad de la crisis con el desarrollo del sistema, lo ha sido antes, en la fases solidas y líquidas y lo seguirá siendo con mayor frecuencia en la fase gaseosa. Antonio Negri ya profetizó “La crisis no es lo contrario del desarrollo, sino, su forma misma”. La diferencia estriba en que estas serán cada vez más inasibles.
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  • La base, el sustrato estructural, cultural, económico y político sobre los que se vertebra el sistema, aquello que las crisis ponen en constante proceso de construcción-deco nstrucción, han dejado de ser bases solidas para convertirse, poco a poco, en un magma que se está evaporando.
  • Hasta ahora las crisis destruían y reconstruían este sustrato básico, pero, al hacerlo, imprimían una evolución, nuevas fuerzas aparecían y retroalimentaban el ciclo de la vida en procesos que se asemejaban al convulso océano.
  • En la fase gaseosa lo que falla es el substrato que alimenta esa nueva vida. Más que un océano, las cr isis nos sumergen en una charca sin capacidad de movimiento, en calma constante, que acaba por putrefactarse. El sistema tiende a impedir que se renueve la charca, la deja sin agua y sin nutrientes.

No estoy diciendo que se ha acabado la historia como la histeria neocon, proclamaban hace unos años, con Fukuyama a la cabeza. Al contrario, lo que se ha acabado es la orientación sobre aspectos fundamentales de la vida, del sujeto y de la sociedad. Valores gaseosos, política gaseosa, economía gaseosa, sexo gaseoso, etc..

El dinero gaseoso:
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Los líquidos, a veces, no se pueden mezclar, como el aceite y el agua, los gases se mezclan con extrema facilidad, como el PASOK y Nueva Democracia en Grecia, como la propia esencia de la democracia representativa y las necesidades funcionales y operativas europeas en Italia. Economía gaseosa de los mercados financieros, donde no sabemos si son Soros y sus colegas o el autómata de Castells los que la rigen.
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Estamos en la economía del capital gaseoso, que crea dinero de la nada, a partir de la emisión de deuda. La economía se ha desembarazado del sistema productivo, que es parte del mantillo sobre el que articular una salida, para auto-producirse como capital financiero.

El dinero ahora se imprime como deuda-electrónica. Ni siquiera como papel-deuda. Se ha dejado atrás el patrón oro, la efigie del soberano, y con ellos la conciencia del sujeto productor. El dinero ahora, se crea desde la nada más absoluta. El tamaño gigantesco de la masa dineraria en productos financieros que circula por los mercados financieros globales que se estima en 1 000 billones de dólares, nos hace plantear  una pregunta, posiblemente sin respuesta: ¿Que respalda esta inmensa masa de dinero gaseoso, cuánto de esas fabulosas cifras representan valores “tóxicos”, carentes de respaldo real, incobrables?.

Del oro a la “confianza”, de lo sólido a los gaseoso.
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¿Qué respalda las enormes inyecciones de dinero dispuestas por el FMI y presumiblemente destinadas a  Europa?. Ningun equivalente en reservas de oro sólo lo respalda la “confianza” en su devolución. Fue Richard Nixon, asesorado por Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976, quienes se cargaron el patrón oro. Tan fácil como, si necesitan dinero, darle a la máquina de imprimir dólares y ya está. Simple papel sin ningún valor real.
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A partir de ese día, comenzó la burbuja entre las burbujas, una expansión del crédito sin freno. Todos los bancos del mundo se esmeraban en pedir créditos a destajo, no importaba el límite, no tendría que ser convertido nunca en oro ese dinero. (Nixon, el anti rey Midas)
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 Los países se vieron obligados a acumular reservas en dólares y estas reservas tenían que ser siempre crecientes, ya que eran señal de “confianza” de que un país era solvente. Créditos, créditos y más créditos que tarde o temprano habría que pagar. Y así hemos llegado a la actualidad donde se esta gestando una nueva megaburbuja a base de inyección de créditos del FMI o del BCE que son incobrables.
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¿Que pasa cuando el dinero no refleja el verdadero valor de las cosas? ¿Que pasará cuando la economía real no sea capaz de producir tanto dinero como $ólares/€uros se han creado? ¿Que pasará cuando los créditos concedidos a ese valor, la economía real sea incapaz de pagarlos?
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Entre la sublimación y la esperanza

Desde un punto de vista físico, sublimar es pasar del estado sólido al gaseoso sin pasar por la fase intermedia que entendemos como fase líquida. Desde un punto de vista psicoanalítico, sublimar consistiría en trasladar la pulsión sexual hacia una actividad desexualizada, intentando su realización en el espacio ideal.
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Aplicado esta interpretación a la economía, sublimar es la transmutación del significante dinero, directamente a su significado más etereo, sin mediación simbólica alguna.
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Más no perdamos la esperanza, llenemos otra vez la charca y es posible que podamos reconstruir el mantillo para que vuelvan a florecer los nenúfares de la responsabilidad, la ética, el compartir como alternativa al competir. En definitiva, los valores que permitan construir un sistema sustentado en realidades y no en puros simulacros.

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Acerca de Albert Perez Novell

Experto en Redes de Valor. Marketing Comunicacional
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