Sociedad del Ocio / sociedad del paro. El gran fracaso

Por Julián Conthe

Las autopistas de la información prometían llevarnos a la sociedad del ocio.  Sin embargo hoy nos arrastran hacia una sociedad precaria y dual.

Hace no muchos años nos llegaron nuevas tecnologías con las que soñamos se podría producir más no sólo de las mismas cosas sino de nuevos productos y servicios con  mucha mayor calidad y menor coste. Y todo ello con mucho menos esfuerzo físico personal. Nuevas tecnologías que nos podrían trasladar a niveles superiores de calidad de vida, de salud, de cultura, de democracia, de casi todos los aspectos de la vida.

Cuando esperábamos que el conocimiento nos condujera a una sociedad más rica, con un ocio de calidad, lo que vemos crecer día a día a nuestro alrededor es el paro, la ansiedad, la precarización laboral, la desigualdad social y finalmente la pobreza. Qué triste sorpresa, ¿por qué se ha producido este enorme quebranto?.

No es, además, un fenómeno sólo español, también Europa y Estados Unidos empiezan a detectar de forma cada vez más evidente que las nuevas tecnologías favorecen el desarrollo rápido de economías emergentes y frente a ello y en paralelo hacen del mundo desarrollado un espacio dual, inestable y desequilibrado socialmente. ¿Por qué ha cambiado la dirección de la ruta que nos llevaría a la sociedad del ocio? ¿Qué elementos han intervenido para modificarla? ¿Es esta la sociedad de la información, del conocimiento y del ocio a la que esperábamos llegar?

Parece como si alguien hubiera metido la mano en la caja y se hubiera llevado sin avisar los bienes de muchos, como decía Spencer Johnson, como si alguien estuviera “robando nuestro queso”. Alguien desconocido, anónimo, con pocos escrúpulos, alguien que en mitad de la carretera se tropezó con una cartera cargada de promesas que le convino pensar que no tenía dueño.

Es obvio que no es deseable retornar al antiguo orden económico internacional en el que los países ricos se hacían con las materias primas a precio de saldo de los países pobres, los mismos que, cargados de razón, aspiran ahora a emerger. Les habilita, precisamente, la creciente formación de sus gentes y el intercambio de información y conocimiento, suficientes para incorporarse progresivamente a los modos de vida del mundo desarrollado.   Ocurre  que los incrementos de productividad que facilitan las TIC, deberían ser sufícientes, eso pensabamos al menos, para que su progreso se produjera en un contexto en el conjunto de la riqueza global creciera, sin que fuera necesario empobrecer a unos para favorecer a otros, aunque se repartiera con más equidad en el espacio intercontinental.

Algo indica que no está ahí la carencia, que aunque el sistema productivo sea, efectivamente, más productivo a nivel global, lo que ocurre es que el entramado financiero superpuesto fagocita el valor añadido generado, apropiándose, por mecanismos crecientemente complejos, de buena parte del excedente global, trasladando a unos y a otros las consecuencias de los enormes riesgos que la especulación acarrea, hasta cerrar, sin el menos problema ético,  el círculo del abuso.

“Sesudos pensadores”, bien remunerados, crean productos complejos y contribuyen a crear estados de opinión confusos donde la especulación se viste de eficiencia, de progreso y de modernidad. Es una especulación que huele a colonia y pasea por la alfombra roja hasta que necesita esfumarse o esconderse en “paraísos” (paraísos, ¡qué ironía llamarlos así )  inalcanzables para aquel que quiera rastrear la injusticia o el abuso. De modo que, cuando un medio o un juez o un fiscal, se decide a denunciar o perseguir cualquier tropelía detectada, los platos ya están rotos y quienes los rompieron muy lejos, con frecuencia blindados.

No se trata de irrumpir en mitad de la sociedad globalizada y emprenderla a golpes con las nuevas tecnologías, de picar las autopistas de la información como durante los primeros años del desarrollo industrial se intentaba hacer con la máquina de vapor, con aquella innovación tan importante. Al revés, hoy corresponde a través de los nuevos medios de comunicación y las redes sociales sacar a la luz los procesos especulativos antisociales y a sus promotores. Los procesos que no merecen nuestro respeto.

Una conclusión se impone:  sin gobernanza global, los ciudadanos de a pie, sean asiáticos, americanos o europeos, con todos sus  bienes y modos de vida, sufrirán las consecuencias de las innovadoras argucias de los “gestores del mercado”, a las que cuesta tanto descifrar y desenmascarar. Siempre fue así: los países pobres tienen una larga experiencia sobre procesos especulativos contra sus economías y los países desarrollados deben aprender urgentemente cómo se producen esos procesos en el presente, para evitar sus terribles consecuencias.  Necesitamos perentoriamente instituciones  eficacaces que definan y controlen las reglas del juego. Que cuando  su cumplimiento sea burlado, actúen con la misma eficacia, rapidez y transparencia para que sea efectivo que “quien la hace la paga” y “lo que te llevaste lo devuelves”. Los fraudes no pueden quedar en el anonimato. Las autopistas de la información necesitan nuevos códigos de circulación y policías de tráfico dotados de instrumentos a la altura de los tiempos. En su ausencia, está visto que la lógica financiera y la especulación sin límites y sin control, nos conduce inexorablemente a la sociedad del paro y la desigualdad. El camino es seguir construyendo democracia hacia arriba, porque solo con gobernanza democrática podremos universalizar la sociedad del bienestar.

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