Balance del 14N: nada es real, la realidad la construye el medio

Por Antonio Baylos  (Nueva Tribuna)

El libro “Un sindicalismo para el futuro”, publicado por la Fundación 1 de Mayo de CCOO, contiene posiblemente los materiales de debate más interesantes y críticos sobre la situación actual del sindicalismo y los caminos para su desarrollo.  Pues bien, cuando allí se aborda, entre otros muchos asuntos, el papel de los medios de comunicación en relación con el trabajo y las figuras colectivas que lo representan, se afirma, justamente, que

“la globalización no solo ha reforzado el papel de la comunicación como parte central de la hegemonía ideológica, sino como parte esencial del poder económico. No solo de la superestructura sino también de la estructura industrial”. Como consecuencia del desarrollo de los medios como grandes corporaciones, “los periodistas están, cada vez más, sometidos a la lógica industrial y empresarial y pierden espacio y autonomía en la configuración de los contenidos”.

Y Rodolfo Benito, secretario de estudios de CCOO, en el editorial del número 44 de la Revista de Estudios de la Fundación, añadía que

“en este escenario la ciudadanía se siente constreñida entre la pinza que forman buena parte de sus medios nacionales, cortejadores de la hecatombe (como nuestra derecha mediática) y los medios económicos de referencia, proclives a justificar el pensamiento y el poder financiero dominante. Cuanta más incapacidad demuestran las instituciones para afrontar sus causas, más espacio ganan los tópicos y los recados mediatizados del poder y menos los pensamientos críticos”.

Eso explica que  las campañas mediáticas que tienen que ver con la regulación del trabajo, el conflicto social o el mantenimiento y desarrollo del Estado social van a estar “preñadas de ideología conservadora por un lado y de estrategias de comunicación atendiendo a los intereses económico-empresariales por otro. En definitiva de un intento de favorecer una hegemonía social y cultural, la dominante, que hay que quebrar”, como señalaba Benito.

Portadas que niegan, portadas que atacan.

Sin embargo, este análisis aparece como una reflexión muy sofisticada en relación con lo que se pudo leer en los quioscos el día despues de la huelga del 14-N. Al margen de la chistosa expresión del ABC sobre la preferencia de los españoles por trabajar –que quiere contraponer a la huelga, pero que es fácilmente reconducible a los casi seis millones de parados logrados gracias a la reforma laboral del PP– la portada de los grandes medios afines al poder político es idéntica: “De fracaso en fracaso”, “Fracasados”, “Rotundo Fracaso”. El Mundo, La Razón, Expansión, la Gaceta, todos ellos insisten en esa idea, que coincide con la expresada por el departamento de interior del gobierno al iniciarse la jornada de ayer: plena normalidad ciudadana.

La negación de los efectos de la huelga como alteración de la producción y de la normalidad ciudadana se une a un argumento político: los sindicatos y las organizaciones sociales convocantes no han conseguido su propósito y por tanto están deslegitimadas socialmente. Esta virulencia negacionista contrasta ciertamente con las empleadas por cualquier tipo de prensa democrática europea, alejadas absolutamente de esta agresividad antisindical. Allí se considera normal la existencia de huelgas, se valora el hecho del conflicto como un fenómeno político de resistencia o de rechazo a las políticas del gobierno, y se llama la atención sobre la progresiva “ruptura” entre el movimiento sindical organizado y las líneas directrices de la política económica dictada por los organismos financieros centrales.

En lugar de reconocer este divorcio, el esquema empleado por los medios españoles invierte los términos de la realidad.  En lugar de incidir en la erosión de las las posiciones del partido político en el gobierno y sus decisiones, son los sindicatos y las organizaciones sociales convocantes de la huelga las que se erosionan; en lugar de reconocer la deslegitimidad de una accion de gobierno contraria a su propio programa y su deterioro en las encuestas, son las organizaciones sociales las que miden su representatividad en términos de participación masiva. Cuando silencian el caracter masivo de las luchas ciudadanas lo que desean es vaciar de legitimidad a los sindicatos en un discurso negacionista que impide abordar una solución consensuada a los problemas.

La realidad “real” no interesa

La prensa concentrada insiste en esa inversión de la realidad y repele por inconcebibles las manifestaciones del conflicto, que son siempre “frustradas” –y frustrantes–, sucesos “lastimosos, inopinados y funestos” que presagian la caída de sus convocantes “con estrépito y rompimiento”.  Despreciando sus luchas, los sujetos sociales son  estigmatizados, hagan lo que hagan, como loosers: han nacido ya como perdedores y llevan ese estigma que se confirma ante cada nueva –aunque sea cada vez más amplia y extensa– movilización social.

Por eso no interesa la realidad, lo que ha sucedido realmente no interesa. Hermann Tesch, que se define como periodista, puede grabar su intervención el día antes de la huelga señalando el absoluto fracaso de la misma porque la realidad no interesa.  Se puede pensar, por tanto,  que las portadas de todos los medios, o las ediciones de los telediarios, estaban ya escritas o concebidas antes de que sucedieran los hechos. Aunque los textos y el subrayado del mensaje así preconcebido sean grotescos y burdos y nada parezca real.

Hay en esa actitud una confianza en que ese discurso fabrique la realidad ficticia que se quiere inducir. La hostilidad antisindical y, más allá, la repulsa a cualquier  resistencia social de los sujetos colectivos que representan el trabajo vivo, pretende arrropar el proyecto opaco y unilateral del gobierno y su arraigo en una parte importante de la población. Esa desinformación es provechosa en términos de creación y orientación de esa opinión pública mientras rinde homenaje a los dueños del privilegio económico.

Medios tradicionales y desafección social

Es evidente que esta actitud está generando una creciente desafección y desconfianza en otra gran parte de la ciudadanía activa que se alimenta de los medios digitales y de la información en las redes sociales, pero que carece de canales reticulares o de redes de información lo suficientemente amplios y estables como para competir en términos sustanciales en la orientación de la opinión pública.

La imposibilidad de afirmar un monopolio en la distribución de la información y de la opinión aumenta la distancia entre los medios dominantes y la red del pensamiento subalterno. Unos y otra se confrontan dia a día con la dura realidad de una crisis que cierra las puertas a la esperanza,  mientras la experiencia colectiva se fortalece en la participación en las gigantescas manifestaciones que no han podido silenciar.

Cada vez más ciudadanos y ciudadanas quedan inmunizados de estas tentativas groseras que niegan la realidad. No obstante, reconstruir la realidad a través de nuestra propia narrativa de los hechos es cada vez más una necesidad democrática, ya que se muestra como la única forma de impedir la confiscación de la opinión libre por los poderes económicos. Ese es el reto.

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