¿Qué es (y qué no es) el procomún? Los fantasmas de lo comunitario

procomúnJuan Freire  vía Nómada.

El procomún es lo que sucede habitualmente en nuestras vidas, la forma por defecto de organización de las relaciones sociales. Es, por tanto, lo que acontece cuando un grupo de personas deben convivir sin que intervenga un agente externo que regule sus vidas. ¿Qué ocurre en esa situación? Que las personas negocian unas reglas, en su mayoría implícitas, que les permiten respetarse, convivir, en ocasiones colaborar, y tomar decisiones cuando se necesita una acción colectiva.

Cuando ese grupo de personas son incapaces en alcanzar ese tipo de solución a la convivencia surge el conflicto, que tiene dos posibles consecuencias:  una es la dominación de unos por los otros;  la otra es la segregación y la creación de nuevos grupos a partir del original.

Sobre las comunidades originales acabaron por erigirse dos fuerzas que restringían el poder de los mecanismos comunitarios. De un lado, el estado vino a regular la convivencia haciendo aparentemente innecesaria la participación activa de las personas gobernadas en su propio gobierno. De otro, la propiedad privada permitió crear espacios donde los propietarios podían crear contextos basados en sus propias reglas de juego. Sin embargo, cuando una persona no aceptaba ninguna de estas formas de convivencia, y por tanto de restricción, podía pretender, e incluso lograr (posiblemente de forma temporal), vivir al margen de la comunidad, del estado o del mercado.

¿Cómo visualizar el procomún hoy en día?

No hace falta irse a comunidades de pescadores en el Indopacífico (o en Galicia) ni introducirse en las comunidades de hackers o de desarrolladores de software libre. Solo se necesita un simple experimento mental. Observemos las situaciones en que dos o más personas tienen necesidad de convivir. Eliminemos de esas situaciones aquellas en que las reglas de convivencia vienen principalmente dictadas por un agente externo. Cuando circulamos por una carretera las reglas esenciales, que no únicas, son las que regulan el tráfico y en las que no hemos participado directamente. Cuando entramos en un comercio las reglas principales las ha diseñado el propietario. En esos y algunos otros casos lo comunitario no juega un papel decisivo.

Y aunque es cierto que una parte de esas situaciones son las que hoy en día gobiernan en gran medida a la sociedad, en la mayor parte de contextos prevalece lo comunitario. En nuestro espacio doméstico, dentro del ámbito familiar, con las personas a las que nos unen afectos, dentro de muchas empresas (en que la convivencia se rige más por los acuerdos tácitos del grupo que por las directrices del propietario o el gestor), cuando participamos en un movimiento social, cuando nos integramos en una tribu a la que mueve la pasión por la música, la ropa o la astronomía … Pensemos en cada uno de esos casos por qué razones nos comportamos y relacionamos como lo hacemos y descubriremos que es como consecuencia de una negociación difusa y continua entre todas las partes implicadas sin necesidad de que nadie imponga desde el exterior normas.

Por eso es tan fácil y difícil a la vez identificar el procomún. Casi siempre es invisible, pero no porque se trate de ocultar sino porque surge de forma orgánica por nuestra propia naturaleza social. Y solo empezamos a ser conscientes de su existencia cuando observamos sus fantasmas, lo que queda tras su desaparición.

Pero existen unos nuevos fantasmas del procomún, no los que quedan tras su desaparición sino los que emergen cuando lo comunitario se utiliza como una nueva etiqueta (a pesar de ser algo tan viejo) para renombrar conceptos en crisis. Existen al menos cuatro fantasmas populares hoy en día que entran en contradicción con la esencia de lo comunitario.

  • La comunidad no es un espacio de libertad. Es un espacio de restricciones intensas decididas por sus propios miembros para poder lograr sus objetivos (la simple convivencia en muchos casos, explotar un bosque o producir una enciclopedia en otros). El procomún libera a sus participantes, de forma limitada, del estado y del mercado para colocarlos ante otras formas de control. No es sorprendente que hoy en día una parte de los integrantes de comunidades que tradicionalmente se han autogobernado quieran abandonarlas. Por ejemplo, en el caso de comunidades rurales que autogestionan sus propios recursos naturales, muchos jóvenes desean vivir fuera de un contexto cerrado que controla socialmente buena parte de sus vidas y prefieren que su actividad económica (y que hasta hace poco era además una forma de vida) se gobierne por las reglas del mercado. Prefieren lo que entienden como libertad a la seguridad.
  • Del mismo modo, el procomún no tiene en si mismo ideología política, al menos si lo intentamos clasificar en el eje tradicional de derecha-izquierda. En este eje solo se discute si el individuo debe ser controlado por el estado o el mercado. El procomún establece otro eje en que entra en discusión la predominancia de lo individual respecto a lo colectivo (que no público). Por tanto son posibles grupos con una gobernanza procomunal conservadores o progresistas, y quizás sean más frecuentes los casos de experiencias nacidas dentro de colectivos con una ideología claramente conservadora.
  • Las personas conviven y colaboran por supervivencia, para mejorar su bienestar o por el simple placer de poder compartir y sentirse acompañadas. Y por tanto, la mayor parte de organizaciones comunitarias tienen un claro objetivo económico, y sus reglas están destinadas a organizar su producción y relación con los mercados. Estos a veces se convierten en un aliado en su lucha con el estado que casi siempre pretende restringir la autonomía y capacidad de auto-gobierno de la comunidad y esta podría ser una razón para la predominancia de modelos comunitarios conservadores.
  • Y por último, y como consecuencia de lo anterior, no existe un procomún puro separado de forma aséptica del estado o del mercado. Pero además casi nunca las personas que se organizan en la comunidad tienen el deseo, aunque sea inalcanzable, de lograr ese estado de autonomía absoluta. El procomún es sucio, híbrido. Las organizaciones humanas se gobiernan por la combinación de las reglas externas (del estado y del mercado) y las que se auto-imponen.

Las proporciones son variables y eso hace que a veces simplifiquemos la realidad hablando de “lo público”, “el mercado” o “lo comunitario”. Pero, en realidad, lo verdaderamente relevante son las nuevas condiciones que genera la interacción de las tres fuerzas, mucho más desde luego que la importancia relativa de cada una en el gobierno. Esta interacción es, justamente, un factor de inestabilidad continua y, por tanto, una posibilidad de innovación y de cambio.

Lo comunitario no necesita ser mayoritario en nuestra sociedad para cambiarla, basta con que se relacione de forma inteligente con el estado y el mercado para conseguir cambiar las reglas de juego que afectan a la vida de las personas.

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