“El enigma de los dos Chavez” desde la mirada de García Marquez

-Hugo Chavez

Por Ignacio Muro

En 1999, poco antes de que Hugo Chávez Frías asumiera el cargo de presidente de Venezuela, Gabriel García Márquez lo entrevistó en un avión durante un viaje de La Habana a Caracas. A medida que charlaban, el Nóbel colombiano fue descubriendo una personalidad que no se correspondía con la imagen de déspota que tenía formada a través de los medios. Esa conversación le permite trazar un perfil de Chavez que ahora, que acaba de morir de cáncer a los 58 años, después de 14 años de ejercer como presidente democrático de Venezuela, recupera actualidad.

Existían dos Chávez, dice Garcia Marquez. ¿Cuál era el real? Uno se hizo militar para jugar al beisbol, otro recitaba de memoria poemas de Neruda o Walt Whitman. Su visión del líder, reconoce el escritor, estaba entonces sesgada por “la imagen de déspota que tenía formada a través de los medios”. Sin embargo, a través de una cálida conversación el escritor va descubriendo un cariz nuevo, más humano, culto, empático.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo, dice García Marquez.

Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Si sus referencias culturales entroncan pronto con el pensamiento americanista de Bolivar, su raiz personal la encuentra en la historia real de su bisabuelo enterrado en una “falsa memoria” que relataba su propia madre.

Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Sus primeras experiencias militares le marcan una idea bolivariana de su existencia. Y empieza a dudar de su función cuando ve llegar a soldados maleridos que vienen de una emboscada guerrillera en la frontera con Colombia.

Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento.

Poco despues “ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande” una palabra que usaba “sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?” le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”.

Su primera arenga como militar, cuando era ya capitán de paracaidistas,  le da oportunidad de destacar como orador espontáneo, con capacidad para improvisar ante doscientos hombres un discurso en el que introduce frases de Bolívar y Martí, a las que incorpora ideas de su “cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia” . El Comandante, incómodo, le espetó: “Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban a su movimiento secreto tenían que hacer un juramento. Durante años hicieron congresos clandestinos con el apoyo de grupos de civiles amigos.  “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.  Pero todo quedó conmocionado cuando ocurrió El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas, que constituye un acontecimiento culminante en la evolución de Chávez. Fué en 1989, tres años antes del golpe propiciado por el mismo Chavez, y se produce en respuesta a un ajuste economico brutal declarado por Carlos Andrés Perez  que acababa de ascender al gobierno.  Chavez le cuenta a Garcia Marquez que en seguida comprendió que iba a ocurrir un desastre porque  no estaban preparados. Ese desastre se lleva la vida de Felipe Acosta, gran amigo y uno de los dirigentes de su movimiento.

Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico.

“A nosotros nos sorprendió el minuto estratégico” concluye Chavez. Entre sorprendido y angustiado relata a Garcia Marquez su experiencia militar de aquella noche caótica en la que se suma a un movimiento sin cabeza. Cuando se dirige a un coronel para que le explique qué hacen, solo le contesta: “A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos.”

Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”.

Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente (Carlos Andrés Perez) comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera.

Aquel discurso de la derrota fue, de hecho, el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República, menos de nueve años después. García Marquez cuenta, para terminar de perfilar a Chavez, cómo fue la despedida cuando el “avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana”.

El presidente se despidió con su abrazo caribe. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

El artículo completo hoy visible en la  Revista Anfibia fue publicado originalmente en la revista Cambio de Colombia en febrero de 1999 con el título: “El enigma de los dos Chávez”.

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Acerca de Ignacio Muro

Economista, miembro de Economistas Frente a la Crisis. Analista social. Profesor de Periodismo en la Univesidad Carlos III y experto en procesos informativos. http://www.ignaciomuro.es. @imuroben
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