La ciudad como salario social

ciudad socialPor Eduardo Mangada  (Nueva Tribuna)

La ciudad no es un mero artefacto físico (calles, plazas, parques…) sino un espacio social en el que se producen la mayor cantidad de intercambios de bienes e ideas. Un intenso tejido de relaciones en el que se ofrece una gran panoplia de servicios a los ciudadanos. La ciudad, más que un simple lugar, es el conjunto de la ciudadanía.

“(…) Los espacios urbanos (…) solo adquieren sentido cuando se convierten en escenario y marco de la vida social, y es la coreografía de la celebración o la protesta, del espectáculo o el duelo, lo que otorga vida y significado a las fábricas inertes de la arquitectura” (Luis Fernández Galiano).

La ciudad ofrece una serie de prestaciones que se añaden al salario directo, el que se percibe e incorpora de forma individual; forma parte de la retribución indirecta o del salario social, esto es del conjunto de servicios colectivos, como la vivienda o el transporte, que aumentan la calidad de vida de los ciudadanos. Esta retribución dual, directa e indirecta, caracteriza el término asalariado tal como lo percibe un amplio conjunto de personas, que ha venido en llamarse la clase media,  que viven de un sueldo a cambio de su trabajo, manual o intelectual.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), en el artículo 23.3 dice:

Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualquiera otros medios de protección social”.

El derecho al trabajo se manifiesta en el derecho a un entorno vital digno y saludable, es decir, a una ciudad culta y cultivada. La implantación del Estado de Bienestar es, en esencia, la institucionalización del salario indirecto, cuando los ciudadanos incorporan entre sus derechos una serie de prestaciones sociales de carácter colectivo y universal. (…) que se producen y se materializan en el espacio de la ciudad. La vivienda, el transporte, los parques, el ambulatorio, etc, son partes constitutivas del tejido urbano. La calidad de una ciudad, con todos sus componentes, es la manifestación física del salario social.

Cuando la ciudad renuncia a ser un bien común… 

Hace algunos años, lo que se denominó el malestar urbano se asoció a una quiebra de la cultura socialdemócrata, que provocó la aparición de la ciudad inculta, incapaz de satisfacer el bienestar de sus ciudadanos, una ciudad que renuncia a su condición inalienable de titularidad pública, dejando su configuración, construcción y gestión en las exclusivas manos del mercado. La ciudad deja de ser el espacio para el negocio para transformarse en el negocio del espacio.

David Harvey (geógrafo marxista, de origen inglés) en su libro “Espacios de esperanza” dice que construir ciudad es construir un espacio para la democracia y la pertenencia y no un espacio para el negocio inmobiliario:

“La figura de la ciudad reemerge periódicamente en la teoría política como la escala espacial en la que mejor se pueden articular ideas e ideales de democracia y pertenencia. (…) Al igual que producimos nuestras ciudades colectivamente, también nos producimos colectivamente a nosotros. Los proyectos referentes a qué queremos que sean nuestras ciudades son, por tanto, proyectos referentes a posibilidades humanas: en quién queremos o, quizás más pertinente, en quién no queremos convertirnos

La ciudad, en su forma física, en sus espacios públicos, junto con la distribución espacial y la eficacia de los servicios sociales que alberga, son símbolos de la calidad democrática de sus gobiernos e indicadores de cuánta satisfacción colectiva reciben sus ciudadanos, más allá de la que puedan obtener con su salario directo percibido individualmente.

En los momentos de crisis, en los que se reduce el salario directo hasta límites dramáticos, cobra especial significado e importancia el salario social que la ciudad debe garantizarUna persona parada o jubilada, con una prestación por desempleo o una pensión que apenas le permite una subsistencia en el límite de lo digno, se sentirá menos pobre y podrá compensar su estrechez económica si puede disfrutar de un paseo arbolado limpio, próximo a su casa, donde hablar con sus amigos, disponer de un centro de la tercera edad, de un centro de salud, con un transporte que le permita la movilidad para relacionarse con sus conciudadanos. 

El  deterioro de las ciudades es el deterioro de nuestro salario social

Y así, desde la calle limpia y segura, con la suma de los servicios sociales gratuitos o subvencionados, la ciudad actúa como un colchón que amortigua la insatisfacción producida por la disminución, cuando no la desaparición, del salario directo. Cuando se pretende trasladar el coste de un servicio público a los usuarios de lo que se habla es de disminuir el salario social.

Ciertamente, la prestación de servicios, la calidad de vida que ofrece una ciudad civilizada, necesita de una financiación que se nutre básicamente de los impuestos de los ciudadanos. La gestión de una ciudad precisa de un gobierno que aúne los distintos recursos financieros y los articule en un proyecto urbano eficaz y equitativo, lo que equivale a afirmar la ciudad como un hecho político de titularidad pública, en el que cabe la presencia activa de los operadores privados, no como poseedores de derechos naturales, sino como concesionarios del derecho al desarrollo urbano, siempre acotado por unas normas rigurosas.

Lo escrito en las líneas precedentes, cobra especial importancia en tiempos como los actuales en los que la grave crisis financiera acaba trasladándose a la economía real, afectando a los recursos de los ciudadanos, mermando su capacidad adquisitiva y empeorando su calidad de vida. Reafirmando lo ya dicho, en estas circunstancias labuena ciudad y el buen gobierno pueden paliar o amortiguar la penuria y frustración de sus ciudadanos.

Conquistar una ciudad digna, con un gobierno comprometido con lo público, lo colectivo, lo compartido, requiere un movimiento reivindicativo contundente y constante de los ciudadanos. No olvidemos que en las postrimerías del franquismo el gran movimiento vecinal, junto a la reivindicación de una vivienda digna o un centro de salud, exhibía pancartas y un gran clamor reclamando ¡amnistía y libertad!, constituyendo una pieza necesaria e importante en la conquista de la democracia.

(Sobre el mismo tema se recomienda leer  La cultura digital permite revolucionar el urbanismo emergente)

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