Ciberactivismo: si te disgusta algo, haz clic

ciberactivistaPor Diario La Nación

El desarrollo de las herramientas online ha dado un nuevo aire al activismo social. A diferencia de los guerreros del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, hoy Internet y las redes sociales permiten intentar cambiar las reglas del juego sin jugarse el tipo en la calle. Las nuevas plataformas de agitación ciudadana favorecen la participación y la rapidez para movilizarse, pero está por ver que el activismo del clic provoque grandes cambios sociales.

Surgidas sobre todo en el mundo anglosajón, se han difundido también en otros países. Avaaz, nacida en EE.UU., es una plataforma desde la que se puede protestar contra cualquier autoridad del mundo. Basta firmar con nombre y correo electrónico para pedir al gobierno indio que prohíba el trabajo infantil; a la Agencia de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. que no se comercialice para consumo humano un tipo de salmón transgénico; o al presidente de Ecuador Rafael Correa que evite la explotación petrolera en la comunidad indígena de Sani Isla…

En Avaaz tienen a gala que el poder se ejerce de abajo a arriba: los usuarios pueden crear peticiones y votar las áreas de trabajo a priorizar. “Nos parecemos más a un barco de vela que a uno con motor” explica a The Guardian Alice Jay, directora de campañas de la organización. “Nuestras campañas y nuestras acciones son tan fuertes como el viento de las ideas de quienes las impulsan. Aunque pensemos que A, B y C son campañas valiosas, las sometemos a encuestas, y si los miembros no las apoyan, las abandonamos”.

Las protestas ”online“ favorecen la participación de muchos, pero a costa de rebajar el grado de compromiso que esa participación requiere

Pero la democracia que promueve Avaaz no es tan directa como parece: en el proceso de toma de decisiones, el pueblo se pierde por el camino. Es cierto que sus usuarios pueden votar las campañas a impulsar a través de encuestas. Pero la mayoría son demasiado genéricas si se compara con las que luego salen adelante. ¿Quién decide qué significa y cómo se concretan las acciones a favor de las siguientes campañas: “movilizarnos para proteger la libertad de información”; “presionar para lograr un ambicioso acuerdo mundial para frenar la catástrofe climática”, “proteger la libertad de Internet a lo largo y ancho del mundo”…?

Democracia 2.0, ¿más directa?

Change.org, también de origen americano, es una de las plataformas de peticiones online más famosas. Su popularidad va a más: en 2010 un millón de personas se sirvieron de este altavoz; en 2011 eran 6 millones; y en 2012, alcanzaron los 25. En España acaba de recibir el Premio iRedes 2013 (categoría institucional) “por romper la barrera de lo digital y ser reconocida en la calle como un instrumento útil para generar cambios, así como por la difusión lograda por sus campañas”.

A diferencia de Avaaz, esta organización no crea peticiones sino que vuelca sus energías en apoyar las que proponen sus usuarios. Cuando alguna de esas peticiones le parece relevante, el equipo de campañas se pone en contacto con su autor y le brinda apoyo logístico para que llegue al mayor número de gente posible.

Pero la “democracia directa” de Change.org hace aguas por otro lado: como sus firmas no se pueden verificar (no piden documento de identidad), cualquiera puede firmar por duplicado con un segundo correo electrónico. En una entrevista publicada en Jot Down a Francisco Polo, director de Change.org en España, el periodista Javier Gómez pone a la vista la debilidad de sus controles: “Con el mismo nombre, apellido y código postal, y cambiando sólo el servidor del mail, he firmado por duplicado y no lo habéis detectado”.

Change.org no crea peticiones sino que vuelca sus energías en apoyar las que proponen sus usuarios

Y Polo admite: “No podemos evitar que una persona entre una segunda vez con un segundo correo electrónico. O incluso con el mismo correo pero desde una IP diferente. Lo reconozco, del mismo modo que en Facebook no se puede evitar que se creen dos perfiles”. A lo que el entrevistador responde: “Ya, pero Facebook no sirve para pedir dimisiones de un Gobierno, por ejemplo. Vosotros tenéis una responsabilidad social mucho mayor. (…) ¿Cómo decir públicamente que hay 800.000 o 900.000 firmas que piden algo si no podéis saber que realmente existen?”.

Polo se defiende diciendo que Change.org no exige controles más estrictos puesto que no forma parte del proceso legislativo. Su objetivo se limitaría más bien a dar voz a quienes no la tienen. En este sentido, tiene razón cuando dice que su organización constituye una herramienta alternativa dentro del sistema democrático.

Hay unión, pero ¿fuerza?

Gracias a las nuevas tecnologías, las plataformas de ciberactivismo como Avaaz, Change.org, Purpose, 38 Degrees, Get Up! o Move On permiten denunciar situaciones y compartir historias a una velocidad de vértigo. Frente a la sensación de impotencia que a menudo acompaña al ciudadano medio, sus campañas logran en muy poco tiempo el apoyo de miles de individuos convencidos de que la unión hace la fuerza.

Es lo que está ocurriendo ahora en España con las campañas contra el desahucio. Con una petición firmada por 72.745 personas (más de 60.000 la apoyaron en menos de 24 horas), Avaaz ha contribuido a difundir una iniciativa legislativa popular impulsada por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. La ILP, que pide que se detengan los desahucios de las familias que no pueden pagar la hipoteca, la dación en pago y alquileres sociales, ya había conseguido por su cuenta 1,4 millones de firmas. Fue admitida a trámite en el Congreso a mediados de febrero, para ser considerada dentro del debate sobre la reforma de la legislación hipotecaria. Change.org también ha lanzado varias campañas contra los desahucios.

Algunas plataformas como Avaaz y GetUp! son organizaciones benéficas, pero otras son empresas con fines sociales

Es difícil saber qué cambios produce el ciberactivismo. Pese a que las webs de estas plataformas se atribuyen la victoria cuando alguna de las campañas que impulsan sale adelante, no es posible demostrar la relación causa-efecto entre sus peticiones y los logros que invocan.

Cuesta probar, por ejemplo, que la Asamblea General de Naciones Unidas reconociera a Palestina como estado observador porque “en las horas previas a la votación final, los miembros de Avaaz inundaron de llamadas las centralitas de los ministerios de asuntos exteriores y gabinetes de gobiernos”. O que “la incesante presión [de Avaaz] está alimentando [en España] un vibrante debate nacional sobre la corrupción, poniendo cada vez más a los principales partidos en el punto de mira de los ciudadanos”.

Es curioso: los líderes de las plataformas de peticiones online insisten en que sus movilizaciones no excluyen el activismo tradicional. Pero cuando toca atribuirse méritos parece que esas plataformas no dejan a los demás ni un trozo del pastel.

Empresas con fines sociales

Algunas plataformas como Avaaz y GetUp! son organizaciones benéficas, pero otras son empresas con fines sociales. Según The Economist, Purpose ha conseguido levantar durante el año pasado tres millones de dólares de sus inversores.

En EE.UU., Purpose y Change funcionan con dos ramas: una, con ánimo de lucro, que presta servicios a grandes empresas y a organizaciones benéficas (por ejemplo, Change.org asesora a Google, Audi, la Bill & Melinda Gates Foundation o la American Civil Liberties Union en sus campañas solidarias); y otra, sin ánimo de lucro, que organiza las campañas, acepta donativos y se financia a través de la primera rama.

Un activismo demasiado blando

La lucha a favor de los derechos civiles de los negros en EE.UU. queda en la historia como un ejemplo de activismo capaz de provocar una sacudida social. Episodios como el de Rosa Parks y el boicot de autobuses de Montgomery, las sentadas de 1960 en varios estados del sur o el Verano de la Libertad en Mississippi muestran también que protestar para conseguir algo generalmente implica riesgos personales.

¿Qué hizo que decenas de miles de estudiantes negros aguantaran en la brecha bajo el riesgo de ser arrestados, golpeados e incluso asesinados?, se preguntaba el periodista y sociólogo canadiense Malcolm Gladwell en un artículo publicado en The New Yorker. A su juicio, más que el fervor por la causa fue el grado de conexión de los activistas entre sí lo que evitó la estampida.

Para Gladwell, los modernos medios sociales son útiles para establecer redes. Pero los vínculos que generan no son bastante fuertes para conducir al activismo de alto riesgo capaz de desafiar a las autoridades. Las protestas online favorecen la participación de muchos, pero esa virtud también es su principal defecto: rebajan el grado de compromiso que esa participación requiere.

El director de Change.org lo reconocía implícitamente en la entrevista citada: “Somos una plataforma de movilización donde la gente firma con su correo electrónico. Ya existen plataformas de peticiones con DNI. ¿Cuánta gente firma?”. Parece que exigir un grado más de compromiso es suficiente para que participen menos.

Otro inconveniente del ciberactivismo es su desorganización. Las herramientas de comunicación digital sirven “si solo pretendes asustar, humillar o hacer ruido, o si no hace falta pensar estratégicamente. Pero si el objetivo es desestabilizar un sistema poderoso y organizado necesitas una jerarquía”, dice Gladwell.

Y cita el ejemplo del boicot de los autobuses en Montgomery: durante un año, se coordinó el transporte gratuito de decenas de miles de personas que lo necesitaban a diario para ir y volver del trabajo. Además, los organizadores del boicot encargaron a cada iglesia negra de la zona mantener alta la moral de los participantes. También en las sentadas en Greensboro hizo falta mucha disciplina y estrategia. No es casualidad que luego esas protestas se extendieran a otras ciudades del sur donde había núcleos de activistas entrenados.

“Boicots, sentadas y enfrentamientos no violentos –las armas que escogió el movimiento de los derechos civiles– son estrategias de alto riesgo. Existe poco margen para permitirse discusiones o errores. Desde el momento en que un activista se sale del guión y responde a la provocación, la legitimidad moral de la protestas se pone en entredicho”.

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