Globalización de la desigualdad

desigualdadJoaquín Rábago

Se ha hablado mucho de los efectos positivos e la globalización. Positivos, habría que decir, sobre todo para todas esas empresas que no vacilan en trasladar sus fábricas a lugares donde la mano de obra es más barata y los sindicatos no existen o apenas tienen fuerza.

Así consiguen aumentar espectacularmente sus beneficios sin que parezca importarles lo más mínimo los efectos perversos que la deslocalización tiene en los países de donde eran originarias: fuerte aumento del desempleo, caída general de los salarios, crisis de los servicios públicos y anemia creciente del Estado de bienestar.

En lo que la globalización ha sido eficaz es en universalizar la desigualdad, es decir, en aumentar el foso creciente entre una minoría riquísima y una mayoría en situación cada vez más precaria, algo que se da lo mismo en los países ricos que en los pobres o en los que ahora llaman “emergentes”. Se está produciendo una secesión de los más ricos, que acaban conformando algo así como una nación aparte que, mientras no decidan cambiar de pasaporte en protesta por un incremento de la carga fiscal, seguirán siendo ciudadanos nominales del país donde nacieron pero sin sentirse parte de la misma nación.

Esa especie de “separatismo social” que caracteriza a muchas sociedades contemporáneas hace que se esté perdiendo el sentido de comunidad, con lo que ello entraña de pérdida de cohesión, de implicación social y de reciprocidad en las relaciones entre sus miembros.

Por culpa de una financiación cada vez más deficiente, el Estado providencia degenera cada vez más en Estado asistencial, y la preocupación que tenía aquél de reducción de las desigualdades mediante mecanismos redistributivos de tipo fiscal, ahora deslegitimados, deja paso a un intento casi exclusivo de atajar la pobreza más extrema.
Fruto de ese “separatismo social generalizado”, como lo llama el francés Pierre Rosanvallon en su excelente libro La société des égaux (“La sociedad de los iguales”, editorial Seuil), es la multiplicación, a imitación de lo que ocurre en Estados Unidos, de las gated communities (urbanizaciones privadas y dotadas de sus propios servicios de seguridad).

Crece de ese modo un individualismo como el expresado con su habitual crudeza por el novelista francés Michel Houellebecq, quien, al recibir en 2010 el premio Goncourt, afirmó:

No soy ciudadano ni tengo ganas de convertirme en uno. Uno no tiene deberes con respecto a su país. Somos individuos y no ciudadanos. Francia es un hotel, nada más que eso”.

Ni siquiera Margaret Thatcher llegó a tanto.

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