Hambre o “libre comercio”

libre comercioJoaquín Rábago

Me tocó cubrir casi diariamente en mi etapa de corresponsal en Ginebra las arduas negociaciones en la Organización Mundial del Comercio, la OMC, entre países ricos y pobres o emergentes, y pude comprobar su dureza y el tremendo impacto de lo que se decidía en aquel palacio junto a las tranquilas aguas del lago Lemán sobre el mundo en desarrollo.

Fueron por ejemplo durísimas las que afectaban al derecho de países pobres a facilitar el acceso de sus poblaciones a medicamentos contra el sida, gravemente dificultado por los derechos de propiedad intelectual que protegían las patentes de las multinacionales farmacéuticas.

Me ha recordado ahora todo aquella la noticia que he visto en algún medio –y no suficientemente destacada como suele ocurrir en estos casos– sobre la limitación temporal impuesta por la OMC a la decisión soberana de la India de garantizar la alimentación de los cientos de millones de hambrientos en ese país.

Esa iniciativa partía de varias organizaciones no gubernamentales que apelaron al Tribunal Supremo de la India, el cual emitió una sentencia favorable que fue bloqueada por la OMC al limitar ésta a cuatro años el plazo durante el cual las autoridades indias podrán ponerla en práctica.

La Organización Mundial del Comercio consideró como una subvención ilegal según sus propias reglas un mecanismo por el cual el Estado compra sus productos a los pequeños agricultores –y en la India son 500 millones las personas ocupadas en ese sector–, proporcionándoles así unos ingresos estables, lo que le permite al mismo tiempo al Gobierno suministrar alimentos a bajo precio a cientos de millones de pobres que viven en las ciudades.

¿Dónde queda la soberanía de los países para cuidar a sus enfermos y alimentar a sus hambrientos? ¿Es que cuentan mucho más los derechos de propiedad intelectual, que la poderosa industria farmacéutica justifica por la necesidad de seguir investigando, o las reglas del comercio entre países? De aquel libre comercio presentado como la solución para la pobreza parece emerger otra realidad en la que se nos muestra como pantalla para que los negocios de las grandes corporaciones se impongan contra cualquier programa político que pretenda erradicarla.

Y es sobre todo un escándalo cuando pensamos que ese programa indio es una bagatela frente a los subsidios que dedican a sus sectores agrícolas los propios países desarrollados con los Estados Unidos y el bloque de la Unión Europea en cabeza. Subsidios que en caso de Estados Unidos, por ejemplo, son para cosechas como el maíz, la soja o el algodón, que se exportan en su mayor parte y compiten luego en condiciones ventajosas con sus equivalentes de muchos países pobres.

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