En defensa de los bienes comunes

bienes comunesJoaquín Rábago

En un clásico de la historia económica, Karl Polanyi se refirió a los llamados “enclosures” en Inglaterra – el “cercamiento” de tierras que habían sido comunales durante muchos siglos- como el comienzo de lo que él llamó en título de su libro “La Gran Transformación”.

Aquel largo proceso dio al traste con algo que había quedado garantizado en un documento que acompañaba a la Magna Charta de 1215, primer documento constitucional de Occidente -o segundo si tenemos en cuenta el de las cortes de León (1188)-, como era la llamada “Charter of the Forest” (Carta del Bosque).

Este último documento, mucho menos conocido, garantizaba al pueblo el libre acceso a los bosques y al uso de los bienes comunes que contenían -leña, frutos, animales, agua- contra las pretensiones de quienes, incluido el mismo soberano, pretendían reservárselos para el ocio y la caza privada.

Así nos lo recuerda el profesor de Derecho civil de la Universidad de Turín Ugo Mattei en un libro manifiesto titulado justamente “Bienes Comunes” y en el que destaca la urgencia de reivindicar el derecho a esos bienes frente a la mercantilización incesante de todas las esferas de la vida y de todos los recursos del planeta: desde el agua potable hasta Internet.

Como señala Mattei, tras los “enclosures” sólo quedaron dos modelos de propiedad: la privada y la pública, del Estado, que la retórica neeoliberal dominante los presenta como contrapuestos -el segundo representa lo público mientras que la propiedad es la base del mercado.

Y, sin embargo, y éste es el núcleo argumental del manifiesto, ambas nociones obedecen a una misma lógica que sacrifican lo común a lo individual, sacrifica la lógica ecológica y sólo produce pensamiento único: “la lógica implacable de la acumulación de capital”.

La abolición de los “bienes comunes” en Inglaterra dio lugar a una serie de leyes draconianas, analizadas en detalle también por Polanyi: las “poor laws”: leyes de pobres, destinadas a castigar a los vagabundos y disciplinar a las masas campesinas expulsadas sus aldeas y que llegaban a las ciudades, creando así las condiciones para la industrialización del país.

Mattei cita una de las definiciones más célebres de la propiedad privada, la formulada a finales del siglo XVIII por el jurista inglés William Blackstone, según la cual “la propiedad privada es el dominio único y despótico que un individuo tiene sobre una cosa, con exclusión de los demás”.

Como señala el profesor italiano, la venta de bienes comunes ha estado asociado siempre a la modernidad: al celebrar la exclusión del resto del acceso a esos bienes, Blacksotone rompe con un mundo -el medieval- dominado por los bienes comunes y entra de lleno en la modernidad.

Pero ese “dominio único y despótico” no afecta sólo a la propiedad individual sino también al Estado moderno, soberano sobre su territorio. Y ambos se convierten en aliados naturales contra lo común e incurren, nos dice Mattei, en “conductas miopes y egoístas, con consecuencias catastróficas, que deben ser denunciadas en interés de la conservación del planeta.

El imaginario moderno, denuncia el autor de este manifiesto, asume como natural la explotación de los bienes comunes mediante un proceso de consumo que comporta su privatización a favor de quienes, ya sean individuos, Estados, organizaciones o empresas, son capaces de disfrutar de ellos de manera más eficaz y en propio e inmediato beneficio.

Estamos hablando no sólo de bienes como el agua, el aire, los glaciares, las playas, los recursos naturales, incluidas las llamadas tierras raras, sino también de lugares que siempre fueron públicos como las plazas de las ciudades, de los bienes culturales como los monumentos, así como todo aquello obtenido a través de la fiscalidad general y que es producto del trabajo de todos.

Se trata en suma de bienes que valen por su valor de uso y no de cambio y exigen un uso “cualitativamente responsable”, es decir ecológico, que tenga en cuenta en todo momento no sólo las necesidades del presente sino también las exigencias previsibles de generaciones futuras.

Su gobierno debe distanciarse tanto de la idea de propiedad privada (mercado) como de un tipo de propiedad pública limitada por los confines de un Estado: la conservación de una selva tropical situada en la otra parte del mundo debe ser de interés de todo el planeta.

Por todas partes, nos dice Mattei en sus conclusiones, se enfrentan los mismos dos paradigmas: el dominante, fundado en la idea darwiniana que hace de la competencia entre individuos o empresas la esencia de lo real y el que se funda en una idea ecológica y comunitaria del mundo, que ha sucumbido hace tiempo en Occidente y está siendo atacada allí donde todavía resiste. No hay duda de qué parte está el autor.

(1) “Bienes comunes. Un manifiesto”. 121 p

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