Tecnologías de la Información y luchas sociales

Ignacio Muro  @imuroben

En sus casi 30 años de existencia,  las tecnologías de la información y la comunicación,  TIC, han demostrado sobradamente su capacidad de descomponer y separar procesos productivos que antes solo se concebían si se desarrollaban en una misma planta, bajo una misma jerarquía y arropados en un mismo convenio colectivo. Y tambien, la capacidad de unir e integrar operaciones desarrolladas en la distancia. Lo que antes se concebía  unido hoy se separa, las transacciones que eran internas son ya externas sin que, aparentemente, se pierda calidad o un sentido de la unidad de los procesos.

Por eso, es imprescindible asumir que tanto la externalización como la deslocalización son consecuencia directa de esas TIC y su capacidad para anular los efectos de las distancias geográficas y revolucionar los procesos productivos.

  • La externalización desplaza actividad y empleo no solo desde las grandes a las pequeñas empresas sino tambien de la industria a los servicios.
  • Al tiempo, la actividad se deslocaliza mientras se aleja de nuestras fronteras para ser desarrollada en los puntos más lejanos,  Marruecos, Indía, China, México…la industria y el empleo se traslada a los países emergentes.

Fragmentación de los procesos productivos y debilidad del trabajo 

Esas pautas empezaron a generalizarse en los primeros años 80, en la medida en que la información empezó a ser considerada un input productivo y pasó a intercambiarse a nivel global.  Por tanto, las empresas llevan décadas determinando qué operaciones pueden  sacarse de sus circuitos internos (y de sus convenios colectivos) sin perder (aparentemente, al menos)  operatividad.

Los empresarios han justificado sus decisiones porque estaban sometidos a la lógica inexorable de fuerzas externas, que percibían como parte una “la competencia global”  rodeadas de nuevos riesgos, con entornos sociales mas difusos, algo que se les venía encima y anunciaba  nuevas leyes económicas y nuevos paradigmas.

¿Era cierta esa percepción o una mera excusa? Las dos cosas.

  • Por un lado, esas leyes existían. Entre ellas la llamada Ley de Coase o de los “costes de  transacciones” cuyo autor, luego reconocido con el premio Nobel de Economía en 1991, se preguntaba abiertamente, en 1937, por la naturaleza de una empresa y el perímetro de sus fronteras para concluir que “cuando sale más barato realizar una transacción dentro de su organización, hay que mantenerla dentro, pero que si es más económico salir al mercado, había que sacarlo de la estructura empresarial”.

Coase lanzaba su ley bastante antes que las TIC aparecieran e hicieran más transparentes las ofertas externas y disminuyeran los costes de transacciones.  Con internet, si una empresa tiene un abogado, una telefonista, un técnico de mantenimiento… en plantilla puede saber, con extrema facilidad,  si son caros comparados con servicios externos equivalentes.

  • Por otro lado, esas circunstancias han sido una excusa para impulsar un periodo de gran acumulación de capital favorecida por una doble vía: de forma directa, por las economías que trae consigo el descenso en los costes de transacción mencionados; pero también de forma indirecta, por los efectos que provoca en la multifragmentación de los procesos productivos que debilita la capacidad de negociación colectiva y la fuerza social y política de los trabajadores.

Un doble proceso en la que el capital se refuerza y multiplica su libertad de actuación y la capacidad para generar beneficios mientras el trabajo se fragmenta y debilita.

Nueva sindicalización de voluntades y auge de las luchas sociales

Esas mutaciones han generado tambien efectos opuestos. Si durante 20 años, desde los años 80 hasta poco despues del comienzo de este siglo, se caracterizaban por su capacidad de descomponer y separar lo que estaba unido (y con ello fomentar la debilidad del trabajo y los trabajadores), durante la última década, han pasado a acentuar, las cualidades opuestas: la capacidad de unir y ensamblar lo que se mostraba lejano y separado.

Con ello, alimentan otra serie de fenómenos asociados a la colaboración desde la lejanía que afectan directamente al mundo del trabajo. Por un lado nace el denominado coworking y nace también el teletrabajo; pero, por otro, las TIC han hecho posible un nuevo tipo de sindicalización de voluntades, imprescindibles para cohesionar los dispersos grupos de interés que las mismas TIC habían favorecido. Y con ello, acaba dinamizando los movimientos de masas en todo el mundo y, hasta cierto punto, la “democratización” de las relaciones sociales y los medios de comunicación. 

De modo que las mismas fuerzas productivas que debilitaron la capacidad de resistencia del Trabajo respecto a la acumulación de Capital facilitan ahora, siguiendo la dialéctica de los contrarios, el desarrollo de nuevos actores sociales y políticos que aumentan su autonomía al margen de partidos y sindicatos.

Luchas sociales, redes sociales

Quizá sorprenda la importancia que muchos analistas atribuyen (atribuimos) a las redes sociales. En todo caso no es un analisis original. Las redes sociales aparecen como determinantes de los procesos sociales en tanto que son “medios de comunicación cada vez más asequibles, creados por la gran industria, y que se utilizan para poner en contacto a los trabajadores de las diversas regiones y localidades”.  Porque, “…gracias a las comunicaciones, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan un carácter idéntico, se convierten en un movimiento poderoso, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política.”

El entrecomillado son, no se asuste, palabras de Carlos Marx y forma parte del Manifiesto Comunista (escrito, ojo, hace 160 años).  La cita puede servir, al menos, para recordar que la historia da sobradas muestras de estar asociada a una dialectica de los contrarios que hace rejuvenecer lo que parecía muerto. Y también para hacernos pensar sobre los rasgos comunes de movimientos producidos en sitios tan dispares y dispersos como El Cairo, Madrid, Nueva York, Sao Paulo, Estambul, Londres…

La capacidad de los grupos sociales para interconectarse y movilizarse autónomamente tiene ya un amplio recorrido en España. Las mayores movilizaciones populares de los últimos 15 años han surgido de plataformas con capacidad para conectar un objetivo y un discurso que se propaga mediante el boca-oreja multiplicado por el efecto de los altavoces derivados del uso creciente de la comunicación social: primero desde los “primitivos” móviles y los SMS, hoy principalmente desde Facebook y Twitter.

El rechazo masivo a ETA, primero desde el movimiento Manos Blancas contra el asesinato de Tomás y Valiente (1996) y luego en Ermua contra el de Miguel A. Blanco (1997); las protestas contra la invasión de Irak en el “No a la guerra” (2003) y contra el desastre ecológico del Prestige en “Nunca Maís” (2003) o por la trasparencia en los atentado de Madrid: “Quien ha sido” del 13M (2004). Y, ya en la crisis, el de los indignados del 15M (2011), el movimiento antideshaucios de la PAH (2012) y las sucesivas mareas blanca y verde por la sanidad y enseñanza pública, azul contra la privatización del agua…

Uno tras otro, son manifestaciones con suficiente entidad y similitudes como para merecer un análisis de sus lógicas comunes y diferenciales. Una tarea colectiva que lleva años haciéndose, con desenfoques y reenfoques que enriquecen el debate pero que, desde luego, sobrepasan el propósito de este artículo. En todo caso, un dato irrefutable de que, en cada étapa, aparecen nuevos medios que permiten interconectar y cohesionar lo que se mostraba disperso

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(Si está sinteresado en profundizar en este tema recomiendo la lectura de Masas, multitudes e individuos: la nueva sindicalización voluntades)

 

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Acerca de Ignacio Muro

Economista, miembro de Economistas Frente a la Crisis. Analista social. Profesor de Periodismo en la Univesidad Carlos III y experto en procesos informativos. http://www.ignaciomuro.es. @imuroben
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