Consumidores transparentes, ciudadanos vulnerables

Joaquín Rábago

TransparenciaRíanse ustedes de la vigilancia a las que estamos sometidos los ciudadanos de todo el mundo por ese “Gran Hermano” en que se ha convertido el poder político gracias a la moderna tecnología de las comunicaciones.

Ríanse de lo que nos han contado al respecto Julian Assange o Edward Snowden. Con toda su gravedad, son minucias en comparación con el seguimiento a que estamos sometidos por parte de todo tipo de empresas que pretenden conocer hasta el más íntimo detalle de nuestras vidas para vendernos sus productos o servicios.

Es un seguimiento total, del que en cierta medida somos cómplices cuando utilizamos nuestras tarjetas de crédito, nuestros móviles, las llamadas redes sociales, pero que se escapa cada vez más a nuestro control.

Es el mundo al que nos abocan los teléfonos, los relojes o las gafas “inteligentes”, inventos que pueden parecernos tan útiles o divertidos, pero que están programados para cumplir sobre todo los objetivos de un mundo publicitario cada vez más invasor de nuestra intimidad. Se trata de adelantarse a nuestros deseos y necesidades y proponernos la forma más fácil de darles inmediata satisfacción, convirtiéndonos así en consumidores de cristal.

Resulta fácil para las empresas que se dedican a ello monitorizar nuestros móviles o los portales que frecuentamos. Compilan así auténticos “dossiers” sobre nuestro nivel de ingresos o de educación, el tamaño de nuestros hogares, si somos dueños o inquilinos, los libros o revistas que leemos, los bancos de que somos clientes, la música que escuchamos, los hoteles donde nos alojamos, para venderlos a los interesados.

Como señala el semanario británico “The Economist”, una empresa especializada en la recogida de datos ha reunido millones de perfiles de potenciales consumidores, cada uno de ellos con una media de cincuenta atributos. Esos clientes se distribuyen luego en segmentos que pueden ser, por ejemplo, varones con problemas sentimentales o con deudas personales, información que luego se vende a las empresas interesadas en individuos con esos perfiles.

El fenómeno más sorprendente es el auge experimentado en los últimos tiempos por la llamadas en la jerga publicitaria “compras programáticas”. Se trata de una subasta digital -en tiempo real- que funciona a partir de algoritmos muy complejos y que consiste en la compra automática y computerizada de “impresiones digitales” -es decir, los anuncios en la red vistos por un usuario- gracias a los datos que suministra un anunciante y mediante la búsqueda de coincidencias.

Cuanto más tiempo pasamos conectados a la red, mayor es nuestra vulnerabilidad.

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