De economía colaborativa a precariedad 2,0

Economia colaborativa2Esther Paniagua  (El Mundo)

La economía colaborativa está en el punto de mira. A medida que este modelo económico avanza hacia la consolidación, surgen más voces críticas. Su asociación con la recientemente prohibida Uber no ayuda, ya que esta aplicación -con la que cualquiera puede hacer de taxista- se asocia a una imagen “opaca y agresiva”. Así lo cree Rafael Martínez-Cortiña, uno de los impulsores de la economía colaborativa en España, al frente de la comunidad ‘Peers’ en Madrid.

El 20% de comisión que impone a sus conductores, rozando la usura”, es otro de los motivos por los cuales Martínez-Cortiña cree que no se puede considerar a esta aplicación parte de la economía colaborativa.

Tampoco lo cree Arvin Abarca, empresario del sector turístico. “Hacer de taxista sin licencia no es compartir tu coche”, asegura. Según Abarca, Uber en realidad representa a la ‘economía bajo demanda’, “que permite contratar en tiempo real un servicio allá donde estamos, a través de una aplicación web o móvil”.

Las críticas hacia la economía colaborativa vienen precisamente porque a menudo se confunde con el modelo bajo demanda, al que pertenecen también compañías basadas en internet como, por ejemplo, plataformas de autónomos o ‘freelancers’, en las que cada cliente busca al mejor postor entre millones de usuarios. Por norma, lo salarios en estas plataformas tienden a la baja, ya que la oferta -el número de trabajadores en la plataforma- supera considerablemente a la demanda -el número de trabajos disponibles. Es frecuente encontrar en ellas empresas o particulares que ofrecen proyectos a menos de dos euros la hora. Además, los usuarios no cuentan con garantías como coberturas en caso de baja médica o por maternidad, vacaciones pagadas o prestaciones por jubilación.

Ausencia de regulación

El negocio de las plataformas colaborativas, aun basándose en unos valores diferentes, afronta problemas similares. La ausencia de regulación deja a los usuarios, consumidores, productores y proveedores de estas plataformas en un limbo legal caracterizado por la ausencia de garantías. En opinión de Albert Cañigueral, creador del portal http://www.consumocolaborativo.com “el cambio radical del panorama laboral que esto ha provocado es un hecho reconocido por muchos expertos”.

Cañigueral, que es también conector en Barcelona de la comunidad colaborativa OuiShare, afirma que “la economía colaborativa es sólo un frente más de una economía digital que está cambiando las reglas de muchos sectores y el papel que el trabajo humano tiene en la generación de valor”. “El centro del mundo se ha movido de las empresas a las personas, y esto ha dejado fuera de juego muchas reglas, instituciones y creencias”, añade. Por eso, está convencido de que habrá “que inventar nuevas estructuras para dar seguridad laboral en esta situación de fuentes múltiples de ingresos”.

Modelo de financiación

Para Cañigueral, la iniciativa que mejor representa la economía colaborativa es Goteo, una plataforma para la financiación colectiva de proyectos (crowdfunding). De ella valora su capacidad para crear abundancia a partir de un modelo diferente de financiación y que “empodera a los participantes directos y, de manera indirecta, a toda la sociedad, al hacer libre ese conocimiento y herramientas”. También el hecho de que “se fortalece el proyecto no sólo con recursos económicos sino ayudando a consolidar su propia comunidad de gente interesada”.

Goteo es un ejemplo de las más de 300 propuestas colaborativas que funcionan en España. Las hay que promueven el intercambio de talento (Timerepublik), compartir almuerzo (Meetmeals) o rutas escolares (Trazeo), cadenas de favores (The Social Coin), aprender idiomas (Mingles) y un largo etcétera. También están muy presentes en el ámbito del transporte, con plataformas para compartir coche tan populares como BlaBlaCar, o en el sector del turismo, con Airbnb a la cabeza entre los usuarios que buscan compartir su casa o dar uso a una vivienda desaprovechada (si bien hay quien critica que en la práctica esta plataforma esté parasitada por empresas inmobiliarias que se hacen pasar por usuarios individuales).

Estas iniciativas permiten compartir y aprovechar recursos y tiempo ociosos, aprender, conocer gente nueva e incluso ganarse un sobresueldo que permite llegar a fin de mes a personas como Victoria Herranz, anfitriona de Airbnb que ha ofrecido a ‘EL MUNDO’ su testimonio, junto a Álvaro Sanmartín -huésped de Airbnb- y a Aviva Berman, profesora de Mingles.

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