Francia, la otra guerra…es civil

BanlieuIgnacio Muro
Que “Francia está en guerra” es el mensaje más repetido en los últimos días. El bombardeo de Raqqa, principal bastión de ISIS en Siria fue solo el inicio que aporta  naturaleza convencional a esa guerra. Se bombardea a un territorio de otro estado que ha enviado a sus comandos a provocar las últimas masacres ante ciudadanos indefensos. Suenan tambores de guerra. La solución a las bombas vuelven a ser los bombardeos, como señala El Roto.

Y, sin embargo, nada de lo ocurre es convencional. Francia se siente sangrar por heridas internas que, de forma difusa, responde a una profunda crisis de confianza en el futuro, como si recordar la Francia de antaño fuera el recurso utilizado para no afrontar la del mañana. Debajo de esta guerra, en sus periferias, late un profundo conflicto civil larvado desde hace tiempo.

Hace justo 10 años, entre el 27 de octubre al 17 de noviembre de 2005, hubo tres semanas que recordaron por su intensidad a mayo del 68 aunque, esta vez, el protagonismo no correspondía a jóvenes burgueses contestatarios sino a miles de jóvenes que procedían de barriadas periféricas, verdaderos guetos de miseria, desde las que gritaban su desarraigo, su cólera y su odio.

Manuel Valls, primer ministro de Francia, al revisar ese décimo aniversario unos días antes de los recientes atentados, insistía en la puesta en marcha de medidas para mejorar las condiciones de vida en esos guetos: había que promover, decía, el acceso a la educación, luchar contra la discriminación en el mercado del trabajo y construir nuevas viviendas sociales para familias de renta baja.

Insistía en ello mientras la sociedad dudaba de que fuera suficiente. Y es que en estos 10 años se activó un vasto plan social en 594 barrios a los que se destinaron más de 48.000 millones de € que incluía la lucha contra el fracaso escolar o el desarrollo profesional. No parece bastante. La crisis ha vuelto a evidenciar la creciente desigualdad y el temor por el futuro, algo rutinario desde la mirada de esos barrios pobres donde viven ocho millones de personas, con una presencia de inmigrantes que alcanza el 50%, donde el índice de desempleo es más de dos veces superior a la media nacional, y el nivel de vida es dos veces inferior.

Terrorismo en un ambiente de desconfianza

Los más de 130 muertos que han provocado en Paris los ataques sincronizados del ISIS, han vuelto a dar actualidad a esa crisis de las periferias como un síntoma de algo más profundo, que revela la cara oculta de la sociedad francesa.

La República tiene, desde hace años, dificultades para transmitir los valores fundadores del “vivir juntos”; apenas ofrece un futuro a esta parte de la población y fracasa con frecuencia para crear una adhesión a la patria.

Por un lado, para muchos colectivos el repliegue hacia identidades primarias tribales, étnicas o religiosas aparece como un recurso salvador. Se generaliza cierto comunitarismo que no reconoce otra pertenencia que la de su comunidad de origen frente a la sociedad francesa. Por otro, ese recurso da autoridad a los padres y permite que prevalezca una cierta moral de vida y de respecto filial; pero también fortalece la influencia de predicadores sobre jóvenes especialmente sensibles o influenciables.

La inmigración ha provocado amargura y temor, una dualización social en la que lo nuevo se encarna en culturas y comportamientos extraños. La crisis permanente de las banlieues (pobreza, exclusión, precariedad), muestra como contrapartida el racismo y la discriminación en otra parte de la sociedad francesa.

Sobre ellos actúa la crisis política que ha liquidado en esos barrios populares las instancias que aseguraban la mediación entre las demandas de los habitantes y el Estado. Si el encargado de generar expectativas de cambio entre los marginados era, en el pasado, el Partido Comunista, hoy el sentido de la política llega desde el dolor de ver sangrar los países de la otra orilla del Mediterráneo. 

La política francesa se percibe como un escenario hueco para las inmensas minorías de inmigrantes sobre el que la extrema derecha xenófoba ha conseguido perfeccionar su discurso de exclusión y miedo. Donde en los 80 el lepenismo señalaba a los inmigrantes como el ejército potencial de los comunistas en busca del poder, ahora, la retórica descansa en la creciente islamización de Francia y en la desaparición de las señas de identidad francesa desde los burócratas de Bruselas.

La crisis del modelo francés de integración

En realidad, se trata de una crisis compleja que muestra el declive histórico del modelo republicano de integración, que sitúa a los individuos (y no las comunidades) como titulares de derechos comunes a todos los habitantes de Francia, independientemente de su pertenencia a una minoría.

La uniformidad cultural ha sido parte de la historia del estado francés. La lengua francesa, por ejemplo, es la única reconocida y los intentos de suscribir la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, que Francia firmó en 1992, asi como los intentos de contitucionalizar su uso han terminado en fracasos. Ni el vasco, ni el catalán, ni el bretón son lenguas reconocidos y si sobreviven es gracias a las donaciones y apoyos a título particular. Hace un mes, el Senado francés ha vuelto a paralizar su uso a pesar de ser un compromiso electoral de Hollande

Sin embargo, el único horizonte identitario reconocido, la nación, se ve contestado por toda clase de identidades colectivas que piden reconocimiento en el espacio público, empezando por el islam, una religión nueva para Francia y que se ha convertido en la segunda del país, con un fuerte arraigo en los extrarradios.

El resultado es que Francia se encuentra anclada a su pasado y se muestra incapaz de generar una nueva unidad desde la creciente diversidad multicultural que se ha instalado en sus barriadas. Necesita inventar un nuevo modelo, una fórmula que permita conciliar la eficacia con el mestizaje en un contexto de capitalismo excluyente, necesita incorporar “racionalidad”  en su Estado nación dentro de una Europa sin proyecto creíble, que se instala en la insolidaridad social.

Tarea tienen, tarea tenemos.

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Acerca de Ignacio Muro

Economista, miembro de Economistas Frente a la Crisis. Analista social. Profesor de Periodismo en la Univesidad Carlos III y experto en procesos informativos. http://www.ignaciomuro.es. @imuroben
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