Redes sociales: el quinto poder

images3Ernesto Ekaizer   (El País)

A la competencia entre partidos tradicionales, el bipartidismo, y los nuevos partidos, los emergentes, hay que añadir otra en esta campaña: la rivalidad entre el cuarto poder y el quinto poder.

En el pasado se llamaba cuarto poder a la prensa escrita, a la televisión y la radio. Pero en todos los países se ha consolidado ya lo que en Estados Unidos algunos gurús de la comunicación llaman el quinto poder. Es la amalgama de la tecnología de Internet y el creciente número de votantes que es usuario de la misma.

Algunos expertos, como es el caso de Dick Morris, exasesor de Bill Clinton, vaticinaron la expansión del quinto poder, a expensas del tradicional cuarto poder, a finales de los años noventa del siglo pasado.

“La combinación de ciudadanos medios con fácil acceso a la información y vínculos directos con sus representantes perfila un nuevo amanecer de la democracia, devolviendo el poder político a las manos del pueblo”, escribía Morris en Vote.com, un libro publicado en 1999, en el que vaticinaba que Internet aportaba la tecnología para alcanzar el sueño de la democracia directa de Thomas Jefferson.

España, en efecto, cuenta con una población online de 23 millones de personas y de ellos 17 millones, o el 73%, son usuarios activos de las redes sociales.

Con todo, si algo confirma esta campaña del 20-D es que no existe una muralla china entre el cuarto y el quinto poder, sino una complementariedad entre ambos. Y en el cruce de caminos se sitúa la omnipresente televisión.

En ella los candidatos muestran, quizá sin darse mucha cuenta, sus dos caras.

Una, por ejemplo, con la que Rajoy se presenta casi inerme, en busca de cariño, en casa de Bertín Osborne (“¿Quién te cae mejor, Pedro Sánchez o yo?”; “¿Te parezco tan aburrido como dicen algunos?”), y al que el anfitrión despide diciendo que es un “fenómeno, jugando al futbolín desde luego”.

Y la otra cara es la del presidente del Gobierno siempre idéntico a sí mismo, sin fisuras reales, que respondía ayer las variopintas preguntas del público en La Sexta Noche, sobre paro, corrupción, pensiones o voto rogado, hasta pasada la medianoche.

Lo que la gente asume en las encuestas, en la calle y en los platós de televisión, es que Rajoy, en el caso de ganar, no tendrá asegurada su investidura. Hay una contradicción flagrante entre la idea que el presidente vende sobre lo que ha hecho en cuatro años y la percepción que tiene la gente sobre esa idea.

Rajoy debería estar, a pesar de la larga experiencia que nunca olvida subrayar, perplejo. Quizá esa perplejidad tenga una raíz generacional. Y también quizá, mira por dónde, sobre esta perplejidad generacional van estas elecciones generales.

La decisión la tienen en las manos 12 millones de votantes, el 34% del censo electoral. ¿Por qué? Porque tienen menos de 40 años, un votante sin afiliación ni adscripción ideológica tradicional. Estos electores seguramente se informan por el quinto poder, a través de las redes, y no es fácil imaginarles sentados frente a la televisión siguiendo a Rajoy en casa de Bertín.

Y estos votantes, concentrados sobre todo en las grandes ciudades españolas, quieren algo diferente. Lo quieren casi compulsivamente. Y Rajoy, porque Pedro Arriola se lo cuenta, bien que lo sabe.

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